Samuel Taylor Coleridge - La rima del viejo marinero



                                 I
Es un viejo Marinero
y detiene a uno de entre tres presentes.
«Por tu larga barba gris y tus brillantes ojos,
¿por qué motivo me detienes?

Las puertas del Novio están abiertas
y soy pariente cercano suyo;
los invitados llegaron, el banquete comenzará:
ya se puede oír el alegre barullo.»

Lo retiene con su huesuda mano.
«Hubo un barco...», comienza.
«¡Suéltame!, saca tu mano, tonto de gris barba.»
Y en seguida su mano lo suelta.

Lo retiene con sus brillantes ojos;
el Convidado se queda totalmente quieto
y como un niño de tres años escucha:
su voluntad ha quedado en poder del Marinero.

El Convidado se sienta sobre una piedra:
salvo escuchar nada elegir puede;
y así siguió hablando aquel hombre viejo,
el Marinero de ojos resplandecientes.

«Saludado fue el barco, despejado el puerto,
alegremente fuimos dejando
detrás la iglesia, detrás la colina,
detrás la alta torre del faro.

El sol ascendía por la izquierda,
¡del propio mar emergía!,
y brillaba luminoso; y por la derecha
en el mismo mar luego se hundía.

Subía más y más alto cada día,
hasta que por sobre el mástil al mediodía pasó...»
Aquí el Convidado sacude su pecho
pues escucha de pronto el sonido del fagot.

La Novia había entrado al salón;
roja como una rosa estaba ella;
y balanceando sus cabezas delante marchaba
la alegre compañía trovadoresca.

El Convidado sacude su pecho;
sin embargo salvo escuchar nada elegir puede;
y así siguió hablando aquel hombre viejo,
el Marinero de ojos resplandecientes.

«Y entonces sobrevino la Tormenta,
y era tiránica y recia;
nos empujó con sus poderosas alas
y nos persiguió hacia el sur sin tregua.

Con mástiles inclinados y casi sumergida proa,
como quien, perseguido por grito y golpe,
aún pisa la sombra de su enemigo
e inclina hacia adelante su cabeza,
el barco navegaba veloz, siempre hacia el sur,
mientras feroz rugía la tormenta.

Y entonces sobrevinieron la niebla y la nieve,
y se puso todo horriblemente frío;
y el hielo, alto como el mástil,
llegó flotando en un verde esmeraldino.

Y, entre las ventiscas, los nevados acantilados
emitían un lúgubre destello;
ni bestia ni hombre alguno podíamos distinguir:
todo en medio estaba el hielo.

El hielo estaba aquí, el hielo estaba allí,
por todo alrededor estaba el hielo;
crujía y gruñía, rugía y aullaba,
como los ruidos que se oyen en negros sueños.

Y tras un tiempo se nos cruzó un Albatros;
a través de la neblina llegó,
y, como si hubiese sido un alma cristiana,
lo acogimos en el nombre de Dios.

Comió la comida que nunca había comido,
y alrededor y alrededor de la nave voló.
Entonces el hielo se abrió con un sonido atronador,
¡y el timonel al través nos sacó!

Y un benigno viento sur brotó detrás;
y el Albatros nos seguía sereno,
y todos los días, para comer o jugar,
se acercaba al saludo de los marineros.

Entre nieblas o nubes, sobre mástil o vela
se posó durante nueve veladas,
mientras que, toda la noche, entre neblinas blancas,
tenuemente, la blanca luna brillaba.»

«¡Dios te proteja, viejo Marinero,
de los demonios que tanto te atormentan!
¿Por qué miras así?» «Yo al Albatros
disparé con mi ballesta.


                                 II
El sol ahora se elevaba por la derecha,
del propio mar emergía,
aún envuelto en nieblas; y por la izquierda
en el mismo mar luego se hundía.

Y el benigno viento sur aún soplaba detrás;
pero ya no nos seguía el pájaro sereno,
ni en día alguno, para comer o jugar,
se acercaba al saludo de los marineros.

Y yo había hecho algo infernal,
y a todos les traería desdicha,
pues todos afirmaron que yo había matado al ave
que había hecho soplar la brisa.
“¡Ah, miserable! –dijeron–, asesinar al ave
que había hecho soplar la brisa.”

Ni apagado ni rojo, como la misma cabeza de Dios,
el glorioso sol se levantó por la derecha;
entonces todos afirmaron que yo había matado al ave
que traía los vapores y la niebla.
“Estuvo bien –dijeron– asesinar a tales aves,
que traen los vapores y la niebla.”

La favorable brisa soplaba, la blanca espuma volaba,
seguíamos surcando las aguas en libertad,
y éramos los primeros que jamás irrumpían
en aquel silencioso mar.

Decayó entonces la brisa, las velas decayeron,
era todo tan triste como triste podía ser,
y hablábamos únicamente para romper
el terrible silencio del mar aquel.

En un cálido y cobrizo cielo
el sangriento sol, al mediodía,
justo sobre el mástil se detenía;
y mucho más grande que la luna no se veía.

Día tras día, día tras día,
continuamos, inmóviles y sin aliento,
tan ociosos como un pintado barco
sobre un pintado océano.

Agua, agua, por todas partes,
y se estrecharon todas las bordas;
agua, agua, por todas partes,
y, para beber, ni una gota.

Y las profundidades entonces se pudrieron.
¡Oh, que alguna vez a ser esto pueda llegar!
Sí, cosas viscosas se arrastraban con piernas
sobre el viscoso mar.

Cerca, cerca, tambaleantes y en desorden
los fuegos fatuos durante la noche danzaban;
y el agua, como la poción de una bruja,
ardía verde, azul y blanca.

Y algunos por sueños supieron
del espíritu que así nos atormentaba, inclemente:
a nueve brazas de profundidad nos había seguido
desde la tierra de la niebla y de la nieve.

Y cada lengua, por la completa sequía,
se marchitó hasta la raíz;
no podíamos hablar, no tanto como si
hubiésemos sido asfixiados con hollín.

¡Ah, maldito día! ¡Qué malignas miradas
recibí de jóvenes y viejos!
En lugar de la cruz, el Albatros
fue colgado de mi cuello.


                                 III
Fue un tiempo agotador; cada garganta
estaba ardiente, y vidrioso cada ojo.
¡Un tiempo agotador, un tiempo agotador!
¡Cómo se ponía vidrioso cada ojo agotado!,
cuando, mirando hacia el oeste,
descubrí en el cielo la presencia de algo.

Al principio parecía una pequeña mancha,
y luego pareció una niebla;
se movía y se movía, y tomó al final
una forma más cierta.

Una mancha, una niebla, una forma, eso creía,
y aún se acercaba y se acercaba;
y, como si evitara a algún espíritu del agua,
se sumergía y giraba y viraba.

Con las gargantas resecas, con los labios quemados,
no podíamos reír ni gemir siquiera;
en la completa sequía todos mudos habíamos quedado;
mordí mi brazo, chupé mi sangre
y grité: “¡Una vela, una vela!”.

Con las gargantas resecas, con los labios quemados,
boquiabiertos mi grito oyeron;
¡misericordia divina!, de alegría sonrieron,
y al punto todos tomaron aliento
como si ya hubiesen estado bebiendo.

“¡Mirad, mirad! –grité–, ¡ya no vira,
hacia aquí a salvarnos se acerca!
¡Mas ved!, ¡sin brisa, sin marea,
avanza con la quilla recta!”

Las olas del oeste estaban todas en llamas;
el día había casi terminado:
casi sobre las olas del oeste
descansaba el sol brillante y amplio,
cuando esa extraña forma súbitamente
se interpuso entre nosotros y el astro.

Y en seguida el sol quedó rayado
–¡Madre del Cielo, envíanos gracia!–
como si mirara a través de las rejas de un calabozo
con amplia y ardiente cara.

“¡Ay! –pensé yo, y mi corazón latía fuerte–,
¡cuán velozmente se acerca y se acerca!
¿Son aquellas sus velas, que ante el sol chispean
como telarañas tenues e inquietas?

¿Son aquellas sus costillas, a través de las cuales
el sol mira como a través de una reja?
¿Y es esa Mujer toda su tripulación?
¿Es aquella la Muerte? ¿Son dos?
¿Es de esa Mujer la Muerte la compañera?”

Sus labios eran rojos, su mirada era osada,
amarillos como el oro eran sus rizos,
su piel era tan blanca como la de un leproso;
la pesadillesca Vida en la Muerte era ella,
que congela la sangre del hombre con frío.

El desnudo casco a nuestro lado llegó,
mientras ambas estaban jugando a los dados;
“¡Acabó el juego! ¡He ganado, he ganado!”,
gritó ella, y silbó tres veces a nuestro lado.

El borde del sol se hundió; las estrellas llegaron de prisa;
de pronto ya todo era oscuridad;
y con un lejano susurro, por sobre el vasto mar,
se alejó la barca espectral.

Escuchamos, y hacia arriba miramos;
el miedo, de mi corazón como de un vaso,
mi sangre vital sorber pareció.
Las estrellas eran tenues; la noche, sombría;
la cara del timonel junto al farol blanca resplandecía;
de las velas el rocío a gotear comenzó,
hasta que por el este escaló serena
la cornuda luna, con una brillante estrella
junto a su extremo inferior.

Uno tras uno, bajo la luna perseguida por estrellas,
demasiado rápido para emitir gemido o suspiro,
cada tripulante giró su cabeza en espantosa agonía
y con sus ojos me maldijo.

Cuatro veces cincuenta hombres vivos
–y suspiro o gemido no escuché ninguno–,
con un pesado golpe, como un bulto sin vida,
fueron cayendo, uno por uno.

Las almas volaron de sus cuerpos,
huyendo hacia la dicha o la pena.
Y cada alma, al pasarme a un lado,
lo hizo silbando como mi ballesta.»


                                 IV
«¡Te temo, viejo Marinero,
tu huesuda mano temo!
Y eres alto, y descarnado, y oscuro
como las costilludas arenas del océano.

Te temo a ti y a tus brillantes ojos;
y a tu huesuda mano, tan oscura, también temo.»
«No temas, no temas, tú, Convidado:
este cuerpo no cayó entre los muertos.

Solo, solo, absolutamente solo,
solo en el ancho, ancho mar seguía;
y ningún santo se apiadó
de mi alma en agonía.

Tantos hombres, tan bellos,
y todos muertos yacían tendidos;
y mil millares de cosas viscosas
aún vivían, y yo lo mismo.

Contemplé el mar podrido,
y aparté mis ojos lejos;
contemplé la cubierta podrida,
y allí yacían los hombres muertos.

Miré al cielo e intenté rezar,
pero, antes de que plegaria alguna brotase,
un maligno susurro se oyó e hizo
que seco como el polvo mi corazón quedase.

Cerré mis párpados y los mantuve apretados,
y los globos como pulsos me latían;
pues el cielo y el mar, y el mar y el cielo,
eran como una carga sobre mis cansados ojos,
y los muertos a mis pies yacían.

El frío sudor se desvaneció de sus miembros;
no comenzaron a pudrirse ni a heder;
y la mirada con la que me miraban
nunca había dejado de ser.

La maldición de un huérfano arrastraría al Infierno
a un espíritu del Cielo arriba;
pero, ¡oh!, más horrible que eso
es una maldición en los ojos de un muerto.
Siete días, siete noches, vi yo esa maldición,
y, sin embargo, no pude perder la vida.

La errabunda luna subió por el cielo,
y en ningún lugar se detuvo ni un rato;
suavemente subía ella,
con una estrella o dos a su lado.

Sus rayos se mofaban del sofocante piélago
como escarcha de abril esparcida;
pero allí donde la enorme sombra del barco caía
siempre las encantadas aguas
en un quieto y horrible rojo ardían.

Más allá de la sombra del barco
contemplé a las serpientes marinas;
se movían en estelas de brillante blanco
y, cuando se alzaban, la mágica luz
en blancos copos caía.

En la sombra del barco
contemplé sus ricos atavíos:
en azul, en luminoso verde y en negro aterciopelado
serpenteaban y nadaban, y cada estela
era como un resplandor de fuego dorado.

¡Oh, felices criaturas vivas! Ninguna lengua
su belleza podría expresar;
un manantial de amor de mi corazón brotó
y sin darme cuenta las bendije;
seguro que mi santo de mí se apiadó
y sin darme cuenta las bendije.

En ese mismo momento pude rezar,
y de mi cuello en libertad
el Albatros cayó, hundiéndose
como plomo en las aguas del mar.


                                 V
¡Oh, sueño!, ¡qué cosa tan benévola,
de polo a polo amada!
¡Alabada sea la Reina de los Cielos!
Pues ella envió de lo alto al benévolo sueño
que se deslizó en mi alma.

Las inútiles cubas sobre cubierta,
que desde hacía tiempo abandonadas permanecían,
en mi sueño se llenaban con rocío;
y cuando desperté, llovía.

Mis labios estaban mojados, mi garganta estaba fresca,
mis ropas estaban todas humedecidas;
seguramente había bebido en mis sueños,
y aún mi cuerpo bebía.

Me moví y no pude sentir mis miembros;
me sentía tan liviano que casi habría dicho
que había muerto mientras soñaba
y que era ya un fantasma bendito.

Y entonces oí un rugiente viento;
aparentemente no se acercaba,
pero con su sonido sacudió las velas,
que se encontraban marchitas y delgadas.

El aire superior cobró vida
y cientos de fuegos en él brillaron;
para aquí y para allí se apresuraron,
y para aquí y para allí, y para adentro y afuera,
las pálidas estrellas en el medio danzaron.

Y el viento rugió aún más fuerte,
y las velas suspiraron como juncias;
y la lluvia se precipitó desde una nube negra
al borde de la cual se hallaba la luna.

La densa nube negra se rasgó,
y aún la luna se hallaba a su lado;
y, como aguas brotando de un alto peñasco,
varios relámpagos cayeron sin interrupción,
un río profundo y ancho.

El fuerte viento nunca alcanzó al barco,
sin embargo ahora el barco se estaba moviendo;
y bajo los relámpagos y la luna
los muertos un gemido profirieron.

Gimieron, se agitaron y uno tras otro se levantaron;
ni hablaron ni sus ojos movieron;
habría sido extraño, aun en un sueño,
haber visto levantarse a aquellos muertos.

Guiado por el timonel, el barco se movió
sin que nunca una brisa sobre él llegase a soplar;
todos los marineros comenzaron a maniobrar las cuerdas
allí donde acostumbraban hacerlo;
levantaban sus miembros como herramientas muertas:
éramos una tripulación espectral.

El cuerpo del hijo de mi hermano
se paraba junto a mí, rodilla con rodilla;
y el muerto y yo tirábamos de una cuerda,
pero él nada me decía.»

«¡Te temo, viejo Marinero!»
«Cálmate ya, tú, Convidado;
no fueron aquellas almas que en pena huyeron
las que a los cadáveres regresaron,
sino una tropa de espíritus santificados.

Pues en cuanto amaneció dejaron caer sus brazos
y alrededor del mástil se agruparon;
y dulces sonidos brotaron lentamente de sus bocas
y en sus cuerpos resonaron.

Alrededor, alrededor voló cada dulce sonido,
y hacia el sol luego todos se lanzaron;
entonces lentos los sonidos retornaron,
ya uno por uno, ya todos mezclados.

A veces descendiendo del cielo
el canto de una alondra yo oía,
y a veces el de todas las pequeñas aves que son;
¡ah, cómo parecían llenar el mar y el aire
con su dulce algarabía!

Y era ya como todos los instrumentos,
ya como una flauta en soledad,
o ya como el canto de un ángel
que a los cielos hace callar.

Y cesó; sin embargo las velas siguieron produciendo
un agradable sonido hasta el mediodía,
un sonido similar al de un arroyo oculto
durante el frondoso mes de junio,
que a los durmientes bosques todo la noche
canta una melodía en un suave murmullo.

Hasta el mediodía navegamos tranquilamente
sin que nunca una brisa hubiese soplado;
lenta y mansamente seguía navegando el barco
movido hacia delante desde abajo.

A nueve brazas de profundidad bajo la quilla,
desde la tierra de la niebla y de la nieve,
el espíritu se deslizaba; y era él
el que hacía al barco moverse.
Mas abandonaron su melodía las velas al mediodía,
y el barco se quedó quieto también.

El sol, justo sobre el mástil,
había fijado el barco al océano;
pero en un minuto este comenzó a agitarse
con un brusco e inquieto movimiento;
hacia atrás y adelante la mitad de su largo recorría
con un brusco e inquieto movimiento.

Entonces, como un piafante caballo puesto en libertad,
el barco dio un súbito salto;
esto arrojó la sangre a mi cabeza
y caí víctima de un desmayo.

No sabría decir por cuánto tiempo
permanecí en ese estado;
pero, antes de que mi vida retornase,
oí, y con mi alma discerní,
dos voces hablando en el aire.

“¿Es él? –dijo una–, ¿es este el hombre?
¡Por aquel que en la cruz murió!,
¡es él quien con su cruel ballesta
al indefenso Albatros abatió!

El espíritu que habita solitario
en la tierra de la niebla y de la nieve
amaba al ave que amó a este hombre
que con su ballesta le disparó adrede.”

La otra era una voz más dulce,
tan dulce como rocío de miel,
y dijo: “El hombre ha hecho penitencia,
y más penitencia habrá de hacer”.


                                 VI
                       Primera Voz
“Pero dime, dime, habla de nuevo,
renovando tu dulce acento:
¿qué impulsa al barco con tanta velocidad?
¿Qué está haciendo el Océano?”

                      Segunda Voz
“Quieto como un esclavo ante su señor,
el Océano no tiene olas;
su gran ojo brillante, muy silenciosamente,
hacia la luna se asoma
a fin de saber qué rumbo tomar,
pues es ella quien lo guía, calmo o agitado.
¡Mira, hermano, mira cuán graciosamente
ella lo contempla a él mirando abajo!”

                       Primera Voz
“Pero ¿cómo impulsa al barco con tanta velocidad
sin ni ola ni viento siquiera?”

                      Segunda Voz
“El aire se separa por delante,
y por detrás de él luego se cierra.

¡Vuela, hermano, vuela!, ¡más alto, más alto!,
o retrasados quedaremos;
pues más y más lento este barco avanzará
en cuanto cese el trance del Marinero.”

Desperté, y seguíamos navegando
como en el más propicio clima;
era de noche, una calma noche, la luna estaba alta,
y todos juntos los muertos de pie se mantenían.

Todos juntos de pie se mantenían en la cubierta,
más apropiada para ser una cripta;
y todos fijaron en mí sus ojos de piedra,
que bajo la blanca luna resplandecían.

La agonía, la maldición con la que habían muerto
nunca del todo había pasado;
no pude apartar mis ojos de los de ellos
ni para rezar elevarlos a lo alto.

Y entonces el hechizo cesó; una vez más
vi a mi alrededor el océano verdecido,
y seguí mirando, aunque poco vi
de lo que antes había visto.

Me sentía como aquel que, en un solitario camino,
avanza con miedo y temor,
y, habiendo una vez volteado, sigue adelante
y no gira más su cabeza
pues sabe que un espantoso demonio
veloz por detrás se le acerca.

Pero pronto sopló un viento sobre mí
sin producir sonido ni movimiento;
su camino no iba por sobre el mar,
ni en las olas ni en las sombras del piélago.

Sacudió mi pelo y abanicó mis mejillas
como el céfiro en primavera;
y se mezcló con mis temores,
sin embargo bienvenido era.

Veloz, veloz avanzaba el barco,
aunque también suavemente navegaba;
veloz, veloz soplaba la brisa,
y sobre mí solo soplaba.

¡Oh, feliz sueño!, ¿era realmente
la torre del faro lo que veía allí?,
¿era aquella la colina?, ¿era aquella la iglesia?,
¿era aquel mi amado país?

Nos deslizamos hasta el puerto
y entre sollozos me puse a implorar:
“¡Oh, déjame despertar, Dios mío,
o deja que para siempre duerma ya!”.

La bahía portuaria estaba clara como el cristal,
tan suavemente se extendía;
y sobre la bahía caía la luz lunar
y la sombra de la luna misma.

La colina resplandecía con brillo, y no menos
la iglesia que se elevaba sobre ella
mientras la luz lunar empapaba en silencio
su firme y quieta veleta.

Y la bahía estaba blanca con luz silenciosa,
hasta que, de aquella ascendiendo,
miles de formas, que espectros eran,
en colores escarlata surgieron.

A poca distancia de la proa
se hallaban aquellas sombras carmesí;
dirigí mis ojos a la cubierta,
y, ¡oh, Cristo!, ¡lo que entonces vi allí!

Cada cadáver yacía inerte, muerto e inerte,
y, ¡por la cruz sagrada!,
un hombre todo luz, un ser seráfico,
sobre cada cadáver se paraba.

Todos los serafines agitaron sus manos:
era una visión gloriosa;
se erguían como señales para la tierra,
cada uno una luz hermosa.

Todos los serafines agitaron sus manos;
no profirieron ninguna voz,
ninguna voz; pero este silencio se hundió
como música en mi corazón.

Mas de pronto oí un ruido de remos;
el saludo de un Piloto oía;
mi cabeza giró a la fuerza
y vi cómo un bote aparecía.

Al Piloto y a su Grumete
pude oír acercándose con velocidad.
¡Dios del Cielo!, era una alegría
que ni los muertos podían arruinar.

Y también vi a un tercero, y pude oír su voz;
era el buen Eremita,
que en voz alta cantaba los himnos divinos
que en el bosque componía.
Él confesaría mi alma, y toda la sangre
del Albatros lavaría.


                                 VII
Este buen Eremita vive en aquel bosque
que desciende hasta el mar.
¡Cuán poderosamente su dulce voz eleva!
Ama hablar con los marineros
que de lejanos países llegan.

Se arrodilla al amanecer, atardecer y anochecer,
y tiene una mullida almohada para ello:
es el musgo que por completo cubre
el viejo tronco de un roble seco.

El bote se acercaba; yo los oía hablar:
“Vaya que es extraño, en verdad.
¿Dónde están aquellas luces numerosas y bellas
con las que hasta hace poco nos hacían señal?”.

“Extraño, por mi fe –dijo el Eremita–,
y no respondieron a nuestro saludo.
Las tablas se ven combadas, y mira aquellas velas,
¡se ven tan delgadas y marchitas!
Jamás he visto cosa similar a ellas,
a no ser por esas ramillas,

los parduscos esqueletos de las hojas que se rezagan
a lo largo del arroyo de mi bosque,
cuando con nieve está cubierta la hiedra toda
y el búho chilla al lobo que debajo
devora a las crías de su loba.”

“¡Santo Dios!, tiene un aspecto muy diabólico
–respondió el Piloto–, es aterrador.”
“¡Sigue remando, sigue remando!”,
el Eremita alegremente entonces le ordenó.

El bote se acercó más al barco,
pero yo no hablé ni me moví;
el bote se puso junto al barco
y en seguida un sonido pude oír.

Bajo el agua retumbó,
cada vez más fuerte y más aterrador;
alcanzó al barco, conmovió la bahía,
y el barco como plomo se hundió.

Aturdido por aquel fuerte y aterrador sonido
que a cielo y océano castigó,
como alguien ahogado hace siete días
mi cuerpo yacía a flote;
y, como en un sueño, pronto me encontré
descansando junto al Piloto en su bote.

En el remolino, allí donde el barco se hundió,
el bote daba giros y giros;
todo estaba en silencio, a no ser por la colina
que aún hablaba del sonido.

Moví mis labios; el Piloto gritó
y presa de un ataque cayó;
el santo Eremita elevó sus ojos
y desde donde se hallaba rezó.

Tomé los remos; el Grumete,
que de pronto había enloquecido,
reía fuerte y largo, y todo el tiempo
sus ojos iban de acá para allá.
“¡Ja, ja! –reía–, muy claramente veo
que el Diablo sabe cómo remar.”

Y entonces, en mi propio país,
tierra firme pisé.
El Eremita bajó del bote
y apenas pudo mantenerse de pie.

“¡Oh, confiéseme, confiéseme, hombre santo!”
El Eremita se santiguó en la frente.
“Dime rápido –dijo–, te conmino a que me digas
qué clase de hombre eres.”

Inmediatamente este cuerpo mío se retorció
con una agonía horrible
que me obligó a comenzar mi historia
y que luego me dejó libre.

Desde entonces, a incierta hora,
aquella agonía regresa,
y, hasta que mi terrible relato es contado,
este corazón en mi interior me quema.

Voy, como la noche, de comarca en comarca;
tengo un extraño poder de la palabra;
en el momento en el que su rostro veo,
reconozco al hombre que escucharme debe,
y a él mi historia le cuento.

¡Qué gran alboroto sale de aquella puerta!
Los convidados de la boda están allí;
pero en la glorieta del jardín, la Novia
y sus doncellas cantando están;
y oigo la pequeña campana de vísperas
que me empuja ya a rezar.

¡Oh, Convidado!, esta alma ha estado
sola en un ancho, ancho mar;
tan solitaria estaba, que Dios mismo
apenas parecía hasta allí llegar.

¡Oh!, mucho más dulce que una fiesta de bodas,
muchísimo más dulce para mí sería
caminar hacia la iglesia
junto a una buena compañía.

Caminar hacia la iglesia juntos,
y todos juntos comenzar a rezar,
mientras cada uno se inclina ante su gran Padre,
ancianos, niños, amables amigos,
y muchachos y doncellas agradables.

¡Adiós, adiós! Pero esto te digo,
a ti, a ti, tú, Convidado:
que reza bien quien ama bien
a hombres, bestias y pájaros.

Y que reza mejor quien mejor ama
a todas las cosas, grandes y pequeñas;
pues el Dios que nos ama
las hizo y las ama a todas ellas.»

El Marinero, cuyos ojos son brillantes,
cuyos pelos y barba con la edad están canosos,
se ha ido; y también el Convidado
se aleja de la puerta del Novio.

Se fue como alguien que ha sido aturdido
y cuyas sensaciones han quedado desamparadas;
y siendo un hombre más triste y más sabio
se levantó a la siguiente mañana.


Traducción de E. Ehrendost.
Ilustraciones de Gustave Doré.